Nacional. Sociedad.
Hoy se conmemora en el mundo musulmán chií, especialmente en Irán, el día en el que el Imán Ali, el primero de los Doce Imanes, fue uncido por el Profeta como su sucesor en la localidad de Ghadir-e-Jom, motivo por el cual esta fiesta es conocida en Irán como la “fiesta de Ghadir.”
Para los chiíes éste es el acontecimiento más importante de la historia del Islam después del envió de Mahoma como profeta. Poco antes de partir de este mundo, el Profeta se dirigió a los creyentes clamando en voz alta que el Imán Ali sería su sucesor tras su muerte, siendo, las palabras allí proferidas, motivo de discusión entre chiíes y sunníes pues éstos últimos interpretan otra cosa de lo allí ocurrido.
“Os dejo dos cosas valiosas; una, el gran peso, es decir, el Libro Sagrado, y, el pequeño peso, o sea, la Familia del Profeta [Ahl al Beit]; que las gentes no se les adelanten y que vayan detrás de ellos”, dijo el profeta Mahoma, tras lo cual, le tomó la mano a Ali y la levantó lo suficiente como para que toda la muchedumbre allí presente lo vieran.
Espejo de la justicia entre los musulmanes, el Imán Ali, al que se le nombra con numerosos epítetos como el Rey de los Hombres, el Rey de del Valiato, el Príncipe de los Creyentes, el Señor de los Píos, además de encabezar la línea de los 12 imanes, fue también primo y yerno del Profeta, además del cuarto califa entre los sunníes, amén de ser el primer hombre que se hizo musulmán.
Nació en la misma Kaaba, cuando el profeta Mahoma contaba con treinta años de edad. El Imán Ali era un hombre valiente, sabio y elocuente. Se crió en la casa del Profeta y participó en la mayor parte de sus batallas.
Cuando Mahoma hizo un llamamiento a la unidad y a la fraternidad a los Ansar y a los árabes emigrados, el Profeta se hermanó con el Imán Ali y le dio en matrimonio a Fátima, su única hija, convirtiéndose pues, en su yerno.
Tras la muerte de Mahoma, surgieron divergencias entre los musulmanes, y fue elegido finalmente Abu Bakr como califa, siendo sucedido consecutivamente por Omar y Uthman, y, después de caer asesinado éste último en el año 655 fue nombrado el Imán Ali como cuarto califa. Este nombramiento causó nuevas disensiones que culminaron en tres guerras conocidas con nombres propios que son la del Camello, la de Siffin y la de Nahrawan.
Después de cuatro años ejerciendo el título de califa, el Imán Ali cayó asesinado en el año 660, cuando contaba con 63 años de edad, a manos de uno de sus detractores llamado Abdul Rahman b. Mulyam Muradi. Fue enterrado en Nayaf, actualmente en Irak, y su tumba se ha convertido en uno de los centros de peregrinación del mundo chií.
Las máximas y los discursos del Imán Ali están todos llenos de consejos y sabiduría y han sido transmitidos por los historiadores musulmanes de diversas formas, siendo, la compilación más importante, la realizada por Sharif Razi en el siglo IV de la hégira (siglo X de nuestra era) y a la que han titulado como Nahy Al-Baliqah. Este libro está dividido en tres capítulos; el primero trata sobre sus homilías y edictos, el segundo sobre sus cartas y epístolas y el tercero sobre sus consejos y sermones.
La personalidad de este santo del Islam destaca por su sabiduría, su coraje, su heroicidad y por haber sido un gobernador justo. A pesar de su fortaleza física, los historiadores tanto cristianos como musulmanes, y amigos y enemigos, están de acuerdo en que su comida era de lo más frugal y que se alimentaba de lo mínimo que exigía su cuerpo para vivir.
Pese a su bravura en el campo de batalla, el Imán Ali nunca se adelantaba al enemigo y siempre actuó en defensa propia. Así, por ejemplo, le recomendó a su hijo Hasan que nunca fuese él quien tomase la iniciativa en una contienda, que nunca desafiara al enemigo, pero que si éste le desafiaba a él, entonces no volviese la espalda y le embistiese ya que el “desafiante es el agresor, y, el agresor, el vencido.”
La generosidad y la caballerosidad del Imán Ali era algo muy poco frecuente. Así, en una ocasión en que sus soldados quisieron vengarse de los enemigos por los crímenes por éstos cometidos, él ordenó no dar muerte jamás a aquellos que dan la espalda al campo de batalla y han huido, ni a los que están heridos en el suelo, ni que se deshonrase al enemigo ni tampoco que se le robasen sus bienes y se llevasen como botín.
La pureza de corazón, la transigencia, la capacidad de perdón del Príncipe y la justicia de los creyentes para con sus enemigos llegó hasta tal grado que cuando fue atacado por su asesino, el ya mencionado Ibn Mulyam Muradi, no murió en el acto pues tardó dos días en abandonar este mundo por las heridas inflingidas en la cabeza. Así, le dijo a los que le rodeaban que le diesen de beber a Mulyam Muradi de la misma leche que le estaban dando a él, que si llegaba a salvarse y a curarse de las heridas, le dejasen a él mismo que decidiese cómo aplicar la justicia como le viniera en gana, pero que, si acababa muriendo, le preguntasen primero a sus hijos Hasan y Husein si deseaban aplicar el talión, y que, si así lo hacían, fuese muerto con un sólo golpe de espada, tal como el enemigo había hecho con él.
Su singular sentido de la justicia impelía a este santo a realizar acciones singulares. Así, en una ocasión, durante una batalla estaba a punto de dar muerte a uno de los enemigos cuando éste le escupió en la cara. A continuación, el Imán Ali se metió en el cinto el puñal que tenía en la mano, se levantó y no lo mató. Uno de sus soldados que vieron la escena, le preguntó el porqué lo dejaba vivo, encima de que le había escupido en la cara, a lo que respondió que precisamente por eso, porque se había enfadado al verse vituperado por su enemigo y él no daba muerte a nadie por una ofensa o una agresión personal, y si a pesar de haber estado a punto de matarle por Dios, si lo hubiese finalmente hecho, cualquiera habría creído que lo había matado por haberle escupido en la cara.
El Imán Ali destacaba por su particular sentido político, muy adelantado a su tiempo. Creía de tal manera en el sistema democrático de que, a pesar de haber sido el elegido por el Profeta como su sucesor en Gadir-e-Jom, no estuvo dispuesto a ejercer su cargo como vicario de Mahoma hasta ser elegido por el pueblo, por eso fue el cuarto califa. Él aseguraba que la “voluntad de Dios se plasmaba en el voto del pueblo.”
El Imán Ali tenía reglas de oro como las que tenía Jesucristo. En su famosa carta a Malek Ashtar, el gobernador de Egipto, le dice: “actúa con los demás como te gustaría que actuaran contigo, desea para los demás lo que deseas para ti mismo y no quieras para el prójimo lo que no quieres para ti.”
---> Ghadir. Imán Ali. Festividad.