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Música persa |
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En Asia central, la música ha sido el vector de la
identidad nacional. Asimismo, en
Irán, el cambio de régimen político
en 1979 resucitó la música
tradicional en sus formas populares
y cultas. Esta última se basa en el
radif, formado por siete series
melódicas llamadas dastgah o sistema
modal, que se expresa mediante una
sustancia melódica muy definida.
fijada por los viejos maestros.
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El repertorio popular tiene en cuenta las
diferencias regionales.
Comprende tres géneros:
música rural, música de
guerra (naqarezane) y música
de zurxané (“la casa de
fuerza"). Así, aunque se
hable de una “música persa”,
en Irán, como ocurre en
otros países, cada región y
aun cada pueblo o etnia
tiene su tipo particular de
música, e incluso, en
algunos casos, sus propios
instrumentos.
Como la música europea (salvo ciertos compositores
como Beethoven) y moderna
están prohibidas en Irán
desde 1979, hubo una vuelta
al patrimonio nacional. Los
jóvenes aprendieron a tocar
los instrumentos clásicos y
los intérpretes
tradicionales, antes mal
considerados, adquirieron
reconocimiento social. Ya en
la época del Sha, durante
los años 70, grandes
festivales y los recitales
de Parissa y Shadjarian
habían empujado a la
juventud iraní a escuchar
música culta. |
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La música iraní atravesó variados períodos;
interpretada en las
ceremonias y en las
reuniones íntimas hasta
principios del siglo XX,
adoptó la notación escrita
en los años 20 gracias a Ali
Nagi Vaziri. La
occidentalización se
caracterizó por la aparición
de grandes conjuntos
calcados del modelo
extranjero. La vuelta actual
a las fuentes es obra de
pequeños grupos de
instrumentistas. Prueba de
ello es el éxito de los
recitales de grandes
maestros como Talái, Musavi
y Omoumi en países como
Francia e Irán. . |
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Las noticias más remotas relativas a sus fuentes son
los testimonios de Herodoto
y Jenofonte, que algo nos
dicen acerca de la música
ceremonial del Irán
aqueménida. Los primeros
documentos que permiten un
estudio mínimo data, no
obstante, de época sasánida,
y en concreto del reinado de
Josróv II Parvíz (Cosroes II),
mecenas de las artes.
Sucesor, tras Hormóz, de
Josróv I, soberano que a su
vez acogió a los filósofos
neoplatónicos Simplicio,
Damascio y Prisciano. Tras
el cierre de la Escuela de
Atenas en 529, Josróv Parvíz
reunió en su corte a
destacados músicos, entre
ellos el célebre Barbád,
quien organizó el sistema
musical dividiéndolo en
siete modos reales, treinta
estilos derivados y
trescientas sesenta
melodías, relacionadas con
los días del año del
calendario solar sasánida;
quizá porque cada día es
susceptible, en última
instancia, de la liturgia en
que la música consiste.
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La llegada del Islam a Irán, lejos de interrumpir la
tradición musical pesa, dio con el
tiempo en intensificarla
incorporándola a un contexto de
especial interés; el de la
investigación musical compartida por
aquella cultura que él integró en un
principio. Persia nutrió al Islam
con músicos y estudiosos de elevado
renombre (entre los primeros Ziryáb,
quien formado en Bagdad, transformó,
reorientándola, la música andalusí;
Abú Alí Siná, conocido en Occidente
como Avicena, Safioddín Ormaví,
Ghotboddín Shirazi y Abdolghadér
entre los teóricos) y pronto se
convirtió en el centro musical del
Oriente islámico. Así y por ejemplo,
los estudios musicales en buena
parte de la India musulmana
comenzaron a desarrollarse a partir
de la influencia cultural persa,
cristalizando en la que hoy
conocemos como música clásica de la
India del norte. Al mencionarlo
debemos asimismo citar otras
tradiciones musicales, como la
árabe, la turca y las del Asia
central, con las que está
emparentada. A lo que se añade la
pluralidad étnica que custodia y
enriquece su legado.
Técnicamente, el radíf se compone de
siete modos cromáticos “principales”
(dastgáh, en singular) y cinco
“derivados” (aváz) integrados a su
vez por serie respectivas, variables
en cuanto al número de secuencias
melódicas (o gushé-s, literalmente
“ángulos”, de donde “fracciones” o
“partes”; la totalidad del
repertorio consta de unos doscientos
cincuenta gushé-s instrumentales y
ciento cincuenta y cinco vocales,
aproximadamente; secuencias
melódicas, que ordenadas en
tessitura ascendente, bien
permanecen en la escala inicial,
bien la exceden en sus modulaciones;
pero secuencias siempre y en cada
caso flexibles, lo que es tanto más
evidente en aquella cuyo ritmo
depende de la métrica del poema, y
lo que concede siempre un papel
crucial a la improvisación; su
providencia es por lo demás diversa:
lírica en ciertos casos, rítmica en
otros, especulativa, popular o
culta, etc.. Los diferentes modos
musicales, cuya ejecución completa
comprende el engarce de unos treinta
gushé-s expresan melancolía,
gravedad, solemnidad, dicha,
entusiasmo: espejo de las afecciones
del ama que al contemplarse alcanza
a conocerse. |
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Según la formación y el estilo, el contexto, el tiempo
disponible y lógicamente la
inspiración, el intérprete o
intérpretes escogen algunos o todos
los gushé-s del modo seleccionado, y
ofrecen del mismo una interpretación
posible. Es entonces cuando acontece
lo que llamamos arte: cada
interpretación vivifica una parte
del radíf, explora algunas de sus
virtualidades. Pensado ese acontecer
desde la libertad relativa del
intérprete, bien puede hablarse,
según decíamos, de improvisación;
pero en otro sentido, que ésta se dé
significa que la virtualidad es,
también de la música, el secreto;
así, y como indica un músico iraní
contemporáneo, las variaciones
constituyen el aura de una pieza, y
es ahí donde todo comienza.
El más antiguo radíf conservado es,
en otro orden de cosas, el de los
maestro Mirzá Abdolláh (ob. 1918) y
Aghá Hosseín Gholí (ob. 1913).
Mientras que los primeros estudiosos
en incorporar el radíf a notación
musical fueron Salhar Moazzéz
(discípulo y sucesor de Alfred
Lemaire), Mehdí Gholí Hedayat y Alí
Naghí Vaizirí. |
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La música tradicional persa nos ofrece, junto con la
poesía y la mística que ella
incorpora al canto, el testimonio de
esa experiencia, y de esa asombra
apuesta al tiempo litúrgica y
estética. Diálogo del alma consigo
misma tendido entre la alegría que
la lleva a afirmar la belleza, la
nostalgia que aspira a encontrarla
de nuevo y la melancolía que la
sabe, en su apariencia, efímera. O
también búsqueda del cristal, de la
gema que cada percepción esconde y
que como tal requiere ser ensalzada.
Y que en este caso demanda nuestra
atenta escucha. |
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BARKECHLI, M., La Musique traditionelle de lÍrán,
Teherán/París, 1964.
CORBIN, H., Cuerpo
espiritual y Tierra
celeste, Madrid, 1995.
-, Du sens musical de la
mystique persane”,
reunido en lÍran et la
philosophie, París, 1990
TALA’I, D., Les modes
musicaux dans la
tradition iranienne,
París, 1983.
ZONIS, E., Classical
Persian Music: an
Introduction, Cambridge
(Mass.), 1973.
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* BIBLIOGRAFÍA: |
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